Trieste y un poco de Istria

Aunque el título de este post parece un trabalenguas, Trieste e Istria son lugares hermanos o,  quizás mejor, “no-lugares”, como la escritora de viajes Jan Morris califica a la primera en su libro Trieste y el significado de ninguna parte (2001). De hecho, apunta Morris que en una encuesta de 1999, el 70 por ciento de los italianos ni siquiera sabía que Trieste era parte de su país.

Por eso, para evitar decepciones,  hay que olvidarse de tópicos: no hay grandes basílicas con cúpulas renacentistas, pero al llegar a Trieste ya asoma su pasado imperial y cosmopolita en  la grandiosa plaza de la Unidad de Italia, iluminada por las noches sin escatimar medios. Con  su monumento central dedicado al comercio, la plaza se encuentra rodeada en sus tres lados por las fachadas de antiguas aseguradoras y compañías marítimas (la famosa Lloyd Trieste), ahora sede de edificios oficiales (gobierno, municipio, región de Friuli-Venezia Giulia…).

Cerca se encuentran los grandes hoteles de época (sobre todo, el Savoia Excelsior), con vistas al mar y precios en consonancia, por lo que preferimos alojarnos en un apartamento espacioso y bien decorado (Ritter’s Rooms and Apartments), en la Piazza de Cavana, una calle peatonal con comercio tradicional y un mini-supermercado en el que nos abastecimos para el desayuno.

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La extrañeza que supone Trieste para los propios italianos se explica, en parte, por su situación: a 12 kilómetros de la frontera con Eslovenia y a 35 de la croata, se encuentra aislada del resto de Italia, volcada sobre el Adriático con una dura meseta karstica a sus espaldas (el Karst o Carso). Pero, sobre todo, por su historia: Trieste se convirtió en puerto franco bajo el dominio austríaco y vivió su época de esplendor con los Habsburgo durante los siglos XVIII y XIX. Era algo así como “el salón de Viena, a orillas del mar”. También “tierra de especuladores”, como la calificó Karl Marx, porque ya entonces el capital no conocía fronteras (como curiosidad, en 1909 el propietario de un cine de Trieste era dueño de otro en Rumania y estaba en trámites de comprar un tercero en Irlanda). Después de un periodo de “italianización” durante el fascismo,  tras la II Guerra Mundial, los aliados convirtieron Trieste en una ciudad-estado libre, hasta 1954, cuando se anexionó a Italia.

Sus 500 años de dominio imperial se notan en la arquitectura (el edificio de Correos, el teatro de la Ópera…), en la pastelería (mihojas de frutos rojos con nata, deliciosos strudels…) y en la mezcla de idiomas que se oye en sus calles.

Un buen comienzo de ruta es, como hemos dicho,  la Piazza dell’Unità d’Italia, la plaza con vista al mar más grande de Europa. De ahí nacen calles retorcidas y avenidas rígidas -dicen que reflejo, cada una, del espíritu italiano y la mentalidad alemana- que desembocan en el Gran Canal.

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Piazza Ponterosso, junto al Gran Canal

A la derecha del Gran Canal se alza el Templo serbo-ortodoxo de la Santísima Trinidad y San Spiridione (atención, las mujeres han de llevar brazos y piernas cubiertas para entrar, lo cual resulta especialmente duro con las temperaturas extremas del verano); al fondo se ve el edificio neoclásico de la iglesia católica de San Antonio Taumaturgo y, a pocos pasos se encuentra  la gran sinagoga de Trieste.

Aquí mismo, en el puente Ponterosso, la gente se cruza con una estatua sin pedestal de James Joyce, ciudadano ilustre que escribió aquí Dublineses (1914), Retrato del artista adolescente (1916) y los primeros capítulos de Ulises.

Además, Trieste fue la cuna de Italo Svevo, Umberto Saba y Claudio Magris, tres de los escritores italianos más importantes del siglo XX, y el lugar donde el joven Freud comenzó sus estudios sobre sexualidad abriendo anguilas para investigar sus testículos, aunque nunca los llegó a encontrar…

Siguiendo el hilo de la literatura, no nos podemos perder el Café San Marco, con su decoración art nouveau, su selecta librería internacional (me entretuve buscando títulos de autores españoles), su ambiente intelectual y un exquisto café vienés. No hay que olvidar que Trieste es la capital italiana del café, cuna de la marca Illy y puerto libre al que llegaron durante siglos los granos con los que se abasteció toda Austria-Hungría. Por eso, una de la mejores cosas de Trieste son sus cafés: además del San Marco, hay que visitar  el Caffé Tommaseo (en la plaza del mismo nombre), que abrió sus puertas en 1830, con ricas molduras en el techo y espejos vieneses en sus paredes. Te sirven el café con mucha ceremonia (nata, vaso de agua..) y se paga en un preciosa caja registradora.

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Cafe Tommaseo

También el Caffè degli Specchi, en la misma Piazza Unità d’Italia, y  el Caffé Stella Polare, que durante la II Guerra Mundial fue sala de baile donde las chicas triestinas encontraban marido entre los numerosos soldados americanos (Via Dante Aligheri, 14).

Para acabar la jornada, un paseo de 10 minutos en pendiente nos permite alcanzar la Catedral de San Giusto,  construida en 1320, en una colina desde la que se tiene una vista panorámica del Adriático. En su interior, numerosas sepulturas de los descendientes de Carlos María Isidro, aspirante a la corona española frente a Isabel II, que disfrutaron de un meláncolico exilio en Trieste, tras la derrota en las guerras carlistas. De regreso, podemos reponer fuerzas en los pequeños restaurantes que se suceden en las calles estrechas orientadas al mar.  Nosotros disfrutamos, y por eso recomiendo, en la Trattoria Nerodiseppia (Via Cadorna, 23): fritura de pescado y verduras,  espagueti con pistachos y huevas de atún, y un milhojas “deconstruido” exquisito.

Otro de las visitas imprescindibles en Trieste es el castillo de Miramare (a 15 minutos aproximdamente del centro de Trieste, en coche, aunque también hay un autobús que hace el recorrido). El castillo se construyó entre 1856 y el 1860 por encargo del archiduque Maximiliano de Hasburgo y de su esposa, Carlota de Bélgica.

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Maximiliano, hermano del famoso emperador Franciso José, y por lo tanto cuñado de la la novelada Sissi, hizo construir el palacio sobre una saliente rocosa de la bahía de Grignano. Pronto tuvo que viajar a Milán, ya que fue nombrado gobernador de la Región Lombardía-Veneto, pero tras la derrota de las tropas austriacas en Solferino, la pareja regresó a Trieste en 1859, y residió en el llamado Castelletto, un edificio más pequeño adosado al principal. En 1863 Maximiliano aceptó la iniciativa de la casa de Habsburgo para convertirse en emperador de México, pero tres años después de su llegada, pese a los esfuerzos de Carlota para buscar apoyo entre las cortes europeas y ante el propio Papa, Maximiliano fue apresado y fusilado por las tropas republicanas de Benito Juárez. El episodio conmovió a toda Europa y Carlota perdió el juicio. En fin, todo muy desgraciado y romántico, como narra el poeta Giosué Carducci en un poema titulado, precisamente, Miramare.

Estas son algunas vistas desde las terrazas. También se puede visitar el interior, pero como íbamos apurados de tiempo preferimos recorrer los jardines. Los horarios de cierre son más bien centroeuropeos…

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Una de las excursiones desde Trieste es la península de Istria, un triángulo con forma de corazón de apenas 3.000 km2 y poco más de 200.000 habitantes, que desde 1945 está dividida entre Croacia, a la que corresponde casi todo el territorio; Eslovenia, que tiene en Istria su única salida al mar (la ciudad de Piran), y un pequeñísimo territorio italiano al sur de Trieste. Atención porque al cruzar la frontera, en Croacia, hay control de aduanas en la carretera, por lo que es fundamental llevar el DNI.

Como en Trieste, también Istria resulta de una mezcla de culturas: muchos hablan italiano (y se enseña en la escuela) y los topónimos aparecen en croata y en italiano. Al final de la I Guerra Mundial, Istria pasó de los Habsburgo a Italia, hasta el tratado de paz de 1947, que pone fin a la II Guerra Mundial, cuando se incorpora a Yugoslavia, excepto el pequeño territorio de Trieste. Esta mezcla de culturas se aprecia en la arquitectura de sus pueblos y ciudades: los romanos llenaron el territorio de templos, villas o teatros; la República de Venecia la ocupó durante cuatro siglos y y así lo recuerdan los campaniles de las iglesías. Finalmente, la ocupación napoleónica dejaría paso a la monarquía austro-húngara a comienzos del siglo XX, con la construcción de palacetes y los primeros hoteles-balneario.

Como el viaje desde Trieste se hace un poco largo (algo más de hora y media), recomiendo visitar  PorecRovinj. En los dos conviene aparcar, nada más llegar, en los primeros parkings que veamos (en Rovinj el útimo parking es el que se encuentra junto al puerto). Además,  al entrar en Porec se puede  aprovechar para cambiar euros por kunas en alguno de los bancos al comienzo de la calle principal, que baja en cuadrícula hacia el puerto (por cierto, cuentan que en la época de esplendor del imperio autro-húngaro los burgueses de Porec partían de este puerto para asisitir, puntualmente,  a los espectáculos de la temporada de ópera en Trieste).

En Porec, hay que visitar la basílica de San Eufrasio, del siglo VI, con mosaicos comparables a los de Rávena, que han sido declarados patrimonio de la Unesco. La entrada  (40 kunas: unos 6 euros) permite visitar el atrio, el baptisterio, el campnanile -con preciosas vistas sobre los tejados de la ciudad-, el museo arzobispal, los yacimientos arqueológicos y, finalmente, la basílica, con los preciosos mosaicos dorados del altar (de nuevo, con los hombros cubiertos).

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Vistas desde el campanario de San Eufrasio

Rovinj (Rovigno, en italiano) es la principal atracción de la costa de Istria. Sobre una colina, una basílica de perfil veneciano se alza sobre las casas de colores y callejas empedradas. Desde el puerto salen barcos a explorar las islas cercanas y algunos incluyen el fiordo de Lim, que visto desde la carretera parecía precioso. Claro está que en estas latitudes no se formó por un glaciar, sino por la erosión del río Lim, que acabó penetrando en el mar Adriático. Si quieres verlo desde arriba hay que conducir unos 20 minutos desde Rovinj, no por la autopista, sino por las carreteras locales 75 y 21 que rodean el fiordo.

En las calles estrechas de Rovinj, cuesta arriba o cuesta abajo,  se suceden las tiendas de productos gastronómicos (sobre todo trufa, aceite y vinos); la artesanía en madera de olivo, las pequeñas galerías de arte y las terrazas con vistas al mar.

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También se puede aprovechar la tarde para tomar el sol en la playa (lo de playa es un decir, se trata de plataformas sobre las rocas, con un agua transparente, eso sí, y un ambiente muy tranquilo. Recomendable llevar escarpines).

Para cerrar el día, nada mejor que reservar, con suficiente antelación, en el restaurante La Puntuilina, con su selección de queso pecorino, y de segundo ravioli con trufas, cómo no.

Al despedirnos de Rovinj, con las mesas de La Puntuilina dispuestas tan cerca del mar que parecen flotar sobre el agua, no pude evitar recordar la escena del final de “Antes del anochecer”, con Julie Delpy y Ethan Hawk mirándose a los ojos.

Como la vida misma.

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