Viaje a la Bretaña, primera parte

Para descubrir Bretaña se necesita tiempo. Hay que “degustar” sus ciudades y pueblos, las playas, los faros y los muelles. Por eso, para disfrutar de todos los detalles,  “trocearé” mi guía en etapas, como en el Tour de Francia.

Una buena manera es comenzar por el sur, aterrizando en el aeropuerto de Nantes, en la región del Loira, que tiene vuelo directo desde Valencia con la compañía Volotea. Nuestra primera parada, una vez recogemos el coche en el aeropuerto, es Rochefort-en-Terre (a 1 hora y media de Nantes, aproximadamente, dirección Lorient). La distancia se hace llevadera, con las rotondas ajardinadas tan perfectas como si se presentaran a un concurso de belleza.

Una casa en Rochefort-en-terre
Una casa en Rochefort-en-terre

 

Rochefort es un pueblo lleno de flores en el que los vecinos, cuando llega el invierno, pueden llevar sus macetas para que se hagan cargo de ellas en el invernadero municipal. Se cuidan todos los detalles: callejuelas adoquinadas, rótulos tradicionales… Basta pasear un poco para disfrutar de las casas medievales, concentradas en la plaza del Puits (pozo) y en la calle Saint-Michel.

La plaza del Pozo, en  Rochefort-en-terre

 

También vale la pena entrar en la Colegiata de Notre-Dame-de-la-Tronchaye (Nuestra Señora del Tronco). Según cuenta la leyenda, el nombre obedece a la imagen de la virgen, que se escondió en un tronco para protegerla durante la invasión normanda. Con todo, lo más hermoso de la colegiata es su exterior, con la piedra oscurecida cubierta de hiedra y flores. En lo alto de la ciudad se sitúa el castillo del siglo XII, posteriormente reconstruido en el XVII y transformado en palacete en el siglo XX. Por eso, su imagen con pizarra, piedra y parterres de hortensias dista mucho de lo que en España conocemos como “castillo”.

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Detalle del castillo de Rochefort-en-terre

Otro aliciente para visitar Rochefort-en-terre es que, en verano, la ciudad es peatonal. No hay prisas, puedes pasar la tarde curioseando en las preciosas tiendas de ropa, artesanía o “gourmandises”, esos pequeños placeres gastronómicos a los que son tan aficionados los franceses. Os recomiendo comprar un dulce local, el “caramel“, una especie de nutella de manteca y caramelo que untada en las tostadas te devuelve a la infancia (con los toffees de la “Viuda de Solano“). Después del paseo y las compras, nada mejor para descansar que los pequeños cafés con frescos patios interiores.

Nuestra siguiente parada, hacia el norte, es la ciudad marinera de Concarneau, rodeada de una de las bahías más bellas de Bretaña. Una vez en el puerto, lo primero que llama la atención es la ciudad fortificada, un pequeño islote amurallado (la ville-close) con caminos de ronda y callejuelas, junto al puerto pesquero y las playas.

La ville-close, en Concarneau

A la ville-close se accede por  un pequeño puente que, tras atravesar la puerta de entrada a las murallas, conduce directo a la calle Vauban. A ambos lados de esta calle nacen pequeñas vías adoquinadas que se abren al puerto pesquero, con sus traineras de colores amarradas a la caída de la tarde.

Muralla de la ville close

 

Si seguimos por la calle Vauban desembocaremos en una preciosa plazoleta, tan perfecta en todos sus detalles que parece sacada de un cuadro. Los bajos de las antiguas casas de pescadores están ahora ocupados por pequeños restaurantes y cafés, entre los que destacan las crêperies. También hay varios establecimientos para degustar y comprar productos de las conserveras locales (Courtin, Gonidec-Les Mouettes d´Arvor) con latas de diseños coloristas y originales.

Plaza en Concarneau

 

Mi recomendación es visitar Concarneau al atardecer, cuando el sol ilumina las murallas, y las calles de la ciudad fortificada y del muelle se animan con los visitantes que acuden para cenar en sus terrazas.

Atardecer junto al puerto de Concarneau
Atardecer junto al puerto de Concarneau

 

Y para descansar de la jornada, se puede acudir a cualquiera de las numerosas chambres d´hôtes que existen por la zona, gestionadas a través de la red de guites de france. Son habitaciones en casas particulares, normalmente en el campo. Os dejo link:

http://en.gites-de-france.com/

Imagen tomada en los jardines de nuestra chambre d'hôtes, en Melgven
En el jardín de nuestra chambre d’hôtes, en Melgven

Están clasificadas de una a cinco espigas (epis) y tienen una muy buena relación calidad-precio. Las de cinco espigas no tienen nada que envidiar a algunos establecimientos rurales de lujo y a las de cuatro no les falta detalle, incluidos los productos caseros del desayuno: mermeladas, dulces… Además, algunas de estas casas ofrecen el servicio de table d´hôtes, que consiste en compartir la cena con la familia que gestiona el alojamiento. La experiencia resulta curiosa: aparte de disfrutar con la exquisita gastronomía francesa, quesos y vino incluidos, se comparten experiencias con las demás personas alojadas, muchas veces de otros países, con lo que el resultado es una babel de lenguas y cortesía campestre.

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6 comentarios en “Viaje a la Bretaña, primera parte

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