Viaje a la Bretaña, tercera parte

Esta tercera etapa por la Bretaña es la reservada para los días de lluvia, cuando acercarse a los acantilados y a los pueblos marineros no resulta tan atractivo. Seguimos, eso sí, en  la zona sur de Bretaña (Finistere).

Para este recorrido os propongo visitar Locronan, un pueblo que se encuentra justo antes de costear la península de Crozon. Dedicado antiguamente a la confección de telas para las velas de los barcos, Locronan conserva una preciosa plaza mayor con casonas renacentistas de granito y pizarra, un viejo pozo y la iglesia de Saint-Ronan, formando una fachada única con la capilla anexa de Pénity.

Locronan

Para conservar la autenticidad del centro histórico se ha prohibido la circulación de coches, así que mejor dejarlo en el primer parking, bien señalizado a la entrada del pueblo.  En los alrededores de la plaza mayor, podéis disfrutar de pequeños puestos de venta ambulante en los que comprar dulces, fruta y quesos crotin, con diferentes grados de intensidad en función de su maduración  Ascendiendo por uno de los laterales de iglesia, hay una pequeña tienda de objetos de escritorio, otras con conservas locales, y  casi al final de la calle una tienda de artesanía en cristal, con diseños actuales, en la que se puede observar en directo el soplado artesanal del vidrio.

Otra de las cosas que más nos sorprendió de Locronan es la abundancia de hortensias, que en pleno verano crecen por todas partes, incluso por los senderos que rodean el pueblo, como si fueran arbustos silvestres. De hecho, algunas de las tiendas de artesanía venden, como recuerdo,  piezas de pizarra más o menos regulares con dibujos naif de estas flores.

Posando con hortensias
Posando con hortensias

Pero si lo que queremos es disfrutar del ambiente de una ciudad, lo mejor es acercarse a Quimper,  con un centro histórico muy bien conservado en el que destaca la catedral.

Catedral de Quimper
Catedral de Quimper

La catedral de San Corentin es de estilo gótico, con preciosas vidrieras y dos agujas caladas que asoman sobre las callejuelas que desembocan en la plaza mayor. Una vez dentro, llama la atención la desviación del presbiterio, que parece torcido respecto a la nave (¿símbolo de la cabeza inclinada de Cristo en la cruz o consecuencia de la inestabilidad del suelo a orillas del río Odet, sobre el que está construida la catedral? Más bien lo segundo). A la izquierda del presbiterio, la decoración de una capilla cuenta la vida de san Corentin, primer obispo de Quimper, que vivía como un ermitaño comiendo a diario un trozo de pez que nadaba en la fuente. Al día siguiente, el pez aparecía de nuevo entero. En fin, milagros.

Frente a la catedral, las calles adoquinadas nos conducen a la Edad Media. Sus nombres dan cuenta del protagonismo de los gremios en aquella época: Kereon (zapateros), Boucheries (carniceros) Rue du Sallé (charcuteros)… En la calle du Guéodet se encuentra la curiosa casa de las Cariátides. Los personajes vestidos con trajes de época que adornan la planta baja representan a los habitantes de Quimper que lucharon en las guerras de religión, ya que Bretaña era extremadamente católica y contraria a la difusión del protestantismo en Francia, a través de los hugonotes.

Para comer algo después del paseo, os sugiero La Krampouzerie (9, rue du sallé, place au beurre), con galettes hechas con harina biológica y rellenas de mermelada de cebollas, magret de pato, o queso de cabra con cerezas negras. El mejor maridaje: sidra bretona. Y para postre no pueden faltar los macarons, que venden por unidades en los salones de te cercanos a la catedral. A mi me encantaron los de almendras amargas y otros con aroma a rosas.

Y por último, otro lugar que recomiendo para los días grises es Pont-Aven.

Este pueblo, situado junto al río Aven que le da nombre y al que jalonan 14 molinos y pequeñas norias, fue lugar de retiro de los impresionistas franceses, liderados por Gaugin (una versión novelada de aquella época la ofrece Vargas Llosa en “El paraíso en la otra esquina”). Pont-Aven es además cuna de una reconocida marca de galletas, las llamadas Traou-Mad (en bretón “cosas buenas”) que se venden en paquete normal y también en preciosas cajas de latón decoradas. Os recomiendo entrar en cualquiera de las tiendas que ofrecen degustación (el aroma las delata desde la calle) y probar las que llevan incorporado el típico dulce breton: crema de “caramel” con mantequilla salada. Exquisitas!!!!

Molino en Port Aven

 

Para comer, mi consejo es asomarse por el Moulin de Rosamdec http://www.moulinderosmadec.com/, aunque solo sea para curiosear por la tienda de delicatessen y la terraza asomada sobre la corriente de agua. No es un sitio barato, pero el lugar -un antiguo molino perfectamente conservado-, la materia prima (buen pescado, marisco, ostras…) y la presentación,  creo que lo merecen.

Y para pasear, lo mejor es bajar al pequeño puerto deportivo, en el fondo de la ría. Como veréis, el régimen de mareas hace que a determinadas horas del día los barcos se encuentren en dique seco. Pero solo hay que esperar un poco para verlos cabecear, como recién despertados, sobre la mezcla de agua del Aven y del oceáno.

barcos varados en Pont Aven
barcos varados sobre el Aven
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Un comentario en “Viaje a la Bretaña, tercera parte

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