Viaje a Sajonia: Dresde, primera parte

Llegamos al aeropuerto de Dresde y solo tenemos que coger el metro (S-Bahn) para salir a la majestuosa estación de Haupbanhof, rehabilitada en 2005 por Norman Foster. De allí mismo arranca la comercial PragerStrasse, que nos lleva caminando al centro histórico de Dresde, con su concentración de edificios barrocos: la Theaterplatz, rodeada del edificio de la Ópera (Semperoper), el Palacio (Residenzschloss), el recinto ajardinado del Zwinger y la catedral (Katholische Hofkirche). Al pie de la ciudad el río Elba, que fluye bajo el Puente de Augusto.

Dresde es la tercera ciudad en importancia de la antigua Alemania oriental, después de Berlin  y Leizpig, y durante más de 700 años fue residencia de duques y príncipes. De entre ellos, destaca la figura de Augusto el Fuerte (1670-1733), que fue coronado rey de Polonia (previa conversión al catolicismo) y  de quien se cuenta que tuvo más de 300 hijos, de lo que deducimos que no andaba escaso de fortaleza (y de otras cosas). El último Augusto renunció al trono varios siglos después, en 1918, con una frase más o menos lapidaria: “Que os apañéis solos“. Y así quedó la cosa.

Esto son anécdotas, pero lo que sí es verdad es que Dresde es una ciudad reconstruida, a veces piedra a piedra, tras los bombardeos de castigo de las tropas aliadas al final de la segunda guerra mundial, la noche del 13 al 14 de febrero de 1945. Un buen ejemplo es la Frauenkirche, que quedó reducida a escombros en 1945 y pasó a convertirse en memorial de la guerra. Tras la reunificación alemana, se emprendió una laboriosa reconstrucción, utilizando parte de las piedras ennegrecidas originales que ahora se distinguen en la fachada. En el interior se pueden ver fotografías de la iglesia, tal y como era antes de su destrucción; y como quedó después, cuando los cimientos se vinieron abajo, literalmente derretidos tras el impacto de bombas incendiarias. Como curiosidad (emotiva), desde la calle podréis ver la cruz que corona la cúpula. Se trata de una pieza elaborada por un orfebre británico, hijo de un piloto de la RAF que tomó parte en el bombardeo de la ciudad.

Para quien guste de las reseñas bélicas, dejo aquí este interesante link:

http://www.forosegundaguerra.com/viewtopic.php?t=3723

Por la tarde, los cafés y restaurantes de los alrededores de la Frauenkirhe están llenos de animación, con terrazas y música en directo. Uno casi se olvida de que el suelo que pisa está levantado sobre cenizas.

Frauenkirche
Frauenkirche

Pero más allá de su dramática historia y de su “resucitada” arquitectura barroca (gracias, como recuerdan todavía algunos carteles, a donaciones de bancos y empresas), lo mejor para conocer Dresde es empezar por la sencillez del mejor mercado tradicional de la ciudad: el Sachsenmarkt, que reúne a más de 200 comerciantes a lo largo de la Lignerallee, ya en en límite de los edificios de la época de la guerra fría. Hay puestos de fruta, de quesos, de flores frescas, de mimbre y también de tortitas templadas recién hechas, como las quarkkuchen, con queso y crema de manzana.

Después de esta inmersión en la vida cotidiana, podemos volver al pasado con la visita al recinto del Zwinger, una galería con pabellones y fuentes, construida en el siglo XVIII siguiendo las indicaciones de Augusto el Fuerte, que hoy es sede de varios museos: el museo de la porcelana y la galería de maestros antiguos (Alte Meister) con la célebre Madonna de San Sixto, obra de Rafael, y sus dos mofletudos angelotes que se han convertido en símbolo de la ciudad.

Torre de la Corona, en el Zwinger
Torre de la Corona
Exterior del Zwinger
Pabellón del Zwinger
 Pabellón de las ninfas, en el Zwinger
Fuente de las ninfas

También es imprescindible visitar el museo de las joyas en el Palacio de Dresde (Residenzschloss). Conviene ir pronto, pues solo hay un cupo de entradas diarias, y también es recomendable comprar la Dresden Card, que con un precio variable en función del número de días permite utilizar transporte público (autobús, metro y tren) y acceder a los principales museos de la ciudad. Además, se puede adquirir on-line: https://www.dresden.de/dig/en/ddcard.php

 

Patio de la Resindezschloss

 

 

Caballerizas Reales, en el Museo del Transporte

 

Cuando hablo de museos, no penséis en la típica visita “aburrida” por largos pasillos llenos de vitrinas. Los museos del Zwinger y del Palacio son entretenidos incluso para ir con niños, sobre todo el de las joyas del tesoro de Sajonia que, según dicen, es la mayor colección de Europa. De entre todas las piezas destacan los barcos tallados en marfil y el servicio de café que encargó Augusto el Fuerte (el de los 300 hijos) para su coronación como rey de Polonia. O un broche para sombrero con el único diamante verde que existe en el mundo. Pero sin duda, la obra más exquisita es la que el mismo Augusto encargó al joyero Dinglinger como regalo de cumpleaños para el Gran Mogul de la India: una filigrana de pequeñas piezas que recrean un palacio oriental en miniatura, adornadas con 4.909 diamantes, 160 rubíes y 164 esmeraldas.

Para reponer fuerzas, os recomiendo la terraza del Zwinger, con sus generosas raciones de tartas, o un café Mozart (con nata) con vistas sobre el Elba en la Brühlsche  Terrasse, que fue el jardín privado del conde Bruhl antes de su apertura al público, hace más o menos un siglo.

 Subida a la Brüslche Terrasse, con la catedral al fondo
Acceso a a la Brüllsche Terrasse, con la catedral al fondo
Los jardines de la Brüschle Terrasse
Los jardines de la Brüllsche Terrasse

Dejaremos para otro día la visita de Dresde al otro lado del Elba: los barrios burgueses y patios de artistas, con sus fachadas de colores decoradas con jirafas, trompetas y embudos (¡!) musicales.

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2 comentarios en “Viaje a Sajonia: Dresde, primera parte

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