Viaje a Sajonia: Meissen

No podemos dejar Dresde sin acercarnos a Meissen, la cuna de la porcelana y una de las ciudades mas hermosas de Sajonia, dominada por su castillo fortificado y por los afilados campanarios de la catedral. Además, el viaje es bien cómodo: el tren parte cada media hora de la Hauptbahnhof de Dresde y el trayecto dura poco más media hora. Salimos de la sencilla estación de Meissen, y cruzando el puente sobre el Elba ya se contemplan vistas como ésta.

Meissen es famosa por la porcelana y también por sus viñedos, a partir de los que se elabora un vino de calidad, blanco y seco. Vale la pena probarlo en cualquiera de las terrazas de la Plaza del Mercado, en la que también se encuentra la iglesia luterana, la Frauenkirche, con un curioso carrillon de porcelana que entona cuatro diferentes melodías al día (menos contundentes que “nuestras” campanadas).

Plaza del Mercado
Detalle de las campanas en la Plaza del Mercado

De esta misma plaza arranca una calle empinada que conduce a la catedral y al palacio. Como las agujas de la catedral despuntan siempre sobre los tejados rojizos, el recorrido no tiene pérdida.

En el camino nos podemos detener en las sucesivas puertas de entrada a la fortificación, hasta que llegamos a la Plaza del Dom con su imponente catedral gótica y, junto a ella, el palacio (el Albretchtsburg).

 

Lo mas destacable de la catedral es sin duda, la altura de las naves, además de una hermosa vidriera y varios trípticos del pintor Cranach.

Después de esta visita, vale la pena acercarse al palacio en una de cuyas salas, con retratos de altivos príncipes sajones, es necesario descalzarse y ponerse pantuflas de tallaje germánico para proteger el suelo de parquet. Resulta curioso recorrerla, deslizándose sobre el suelo pulimentado, mientras los auriculares recrean algunas de las historias de traición y venganza que se vivieron en esta sala. Antes de abandonar el palacio hay que echar la vista hacia arriba para contemplar la tremenda escalera de caracol, que parece suspendida en un eje invisible.

Por cierto, si el hambre o la necesidad de azucar apremia, en la cafetería del palacio sirven unas raciones más que generosas de deliciosas tartas centroeuropeas. Recomiendo la “selva negra” o cualquiera que lleve fresas silvestres.

Por último, antes de abandonar Meissen hay que visitar el museo de la porcelana, con talleres prácticos para conocer los secretos de la primera fábrica europea, fundada en 1710, pues hasta entonces la única porcelana que se conocía en el continente era la que llegaba desde China. Fue un alquimista llamado Böttger el que, buscando la piedra filosofal acabó por descubrir la proporción exacta de caolín, feldespato y cuarzo que requería la fabricación de porcelana. Para salvaguardar la fórmula, se impuso la pena de muerte para cualquier empleado que revelara el secreto. La verdad es que  hoy, en día, al menos para los turistas de pie, el problema está en el precio, pues la auténtica porcelana de Meissen, la que sirvió durante siglos a las casas reales europeas con la marca de calidad de dos espadas azules cruzadas, alcanza precios astronómicos. Podemos, eso sí, conformarnos con un dedal o mejor aún, disfrutar del finísimo hojaldre azucarado del dulce local (Meissen Fummel), que eso sí que es un lujo asequible.

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