Viaje a Bretaña, quinta parte (y sigue)

Hoy visitaremos la ciudad corsaria por excelencia: Saint Malo. Eso sí, hay que comenzar temprano para evitar las aglomeraciones turísticas, y poder aparcar junto al puerto deportivo y las murallas (previo pago, claro).

Pese a lo que algunos piensan, un corsario no es un pirata, ya que el corsario estaba autorizado por el rey a luchar contra las embarcaciones enemigas. Esta autorización permitía abordar las naves y quedarse con el  botín.  Entre los corsarios de Saint Malo más conocidos: Robert Surcouf (el rey de los corsarios, así llamado por su “galantería” con las damas), René Dougay-Trouin (que se apoderó de la ciudad de Río de Janeiro, en 1711) y Jean Fleury, que abordó las carabelas que llevaban a España el tesoro del rey inca Moctezuma (300 kilos de perlas y 230 kilos de oro en polvo, entre otras riquezas, junto con la documentación de Hernán Cortés y valiosas  cartas de navegación). Tan afectado quedó el rey Carlos V que cuando un marino español apresó a Jean Fleury algunos años más tarde, cerca de la bahía de Cádiz, ordenó ajusticiarlo de inmediato.

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Estatua del corsario Robert Surcouf

Otros navegantes de Saint Maló fueron menos “peligrosos”: Jacques Cartier descubridor de Canadá, o Gouin de Beauschesne, de las Islas Malvinas en 1701, que llevan el nombre de sus primeros habitantes: “malouins” (el gentilicio que se da a los habitantes de Saint Malo).

Saint Malo es una ciudad construida en granito porque tras el incendio sufrido en 1661 un edicto real  prohibió la utilización de madera, que es corriente en otros lugares de Bretaña. He dicho construir pero sería mejor utilizar el verbo reconstruir, ya  que Saint Maló fue sitiada  por las tropas americanas en 1944, tras el desembarco de Normandía, creyendo que en su interior se refugiaba un importante contingente alemán.  Para lograr la rendición del mariscal von Aulock (responsable de General Motors en Europa antes del la guerra), que resistía con apenas un centenar de hombres, se utilizaron incluso bombas incendiarias (napalm). Al final, de los 865 edificios que había dentro de las murallas, sólo 182 quedaron en pie.

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Saint Malo desde el camino de ronda

 

Para visitar la ciudad, hay que decidir qué recorrido tomamos en primer lugar: el de las callejuelas de la ciudad fortificada, o el camino de ronda que arranca de la Torre Saint Vicent, junto al castillo de la ciudad. Los dos son imprescindibles. En el interior destaca, como he dicho, el castillo, con sus dos grandes torres, llamadas “la Generale” y la “Quic-en-Goiggne”, orientadas hacia el pueblo ya que los duques de Bretaña dudaban de la lealtad de los lugareños. De hecho, el curioso nombre de “Quic-en-Groigne” proviene de la réplica de duquesa Ana de Bretaña a los habitantes de Saint Malo: “qui que’en groigne ainsi será, car tel est mon bon plaisir” (aunque protesten así se hará, porque esa es mi voluntad).

Si lo que queremos es disfrutar de las vistas, vale la pena recorrer las murallas por el camino de ronda que arranca de la Puerta de San Vicent. A lo largo del tramo sur, que llega hasta el bastión de Saint Louis, podremos contemplar el estuario del río Rance y  las casas de armadores, en el interior de las murallas, con sus características chimeneas.  En el tramo norte, desde el bastión de Saint Phillipe hasta la torre Bidouane, podemos disfrutar de las playas de Bon-Secour, con una curiosa piscina que se llena con las mareas,  y acceder andando a las islas del Grand Bé y del Petit Bé, siempre que la marea esté baja (el camino arranca de la puerta de Vauvert y se tarda unos 45 minutos).

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En la isla del Gran Bé se encuentra la tumba del escritor Chateaubriand, que nació en la ciudad, y que pidió ser enterrado en esta pequeña isla para “poder seguir conversando con el mar”. Como apunte histórico,  fue Chateaubriand (entre otros) el que presionó para que enviaran a España los llamados 100.000 hijos de San Luis, con el consiguiente restablecimiento de monarquía absoluta de Fernando VII después del Trienio Liberal (1820-1823).

Una vez concluida la visita de Saint Malo, nos marchamos a Cancale (muy cerca, a 20 minutos por la D355) un hito de la gastronomía francesa, conocida especialmente por sus ostras, a las que dicen que el placton de la bahía da un sabor especial a avellana, apreciado ya por los romanos y por los reyes de Francia, que se las hacían llevar a Paris. Nada mejor que probarlas en cualquiera de los puestos callejeros del muelle de la Houle, aunque tomar las ostras en platos de plástico y tirar luego los restos al muelle puede desmerecer un poco la experiencia. Si a alguien no le gustan las ostras, en el Breizh Café, situado en el mismo muelle (quai Thomas 7) podremos disfrutar de los mejores crepes y galettes, o de la cocina fusión franco-nipona en el restaurante de la primera planta.

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Desde el mismo puerto de la Houle, en Cancale,  arranca el sendero de los Aduaneros (así se llama porque estaba vigilado para evitar el contrabando) que avanza siete kilómetros, hasta la punta Grouin, con vistas en formato “gran angular” desde el cabo Frehel hasta Granville, pasando por el Mont Saint-Michel.

Si estamos más cansados o el tiempo apremia, podemos tomar el desvío a la entrada de Cancale, hasta el parking del que parte el sendero que conduce también a la punta Grouin.

Estas son algunas fotos del recorrido:

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Para concluir la jornada, os recomiendo seguir la carretera de la costa que une Cancale y Saint Malo hasta la ensenada de Duguesclin, una playa de arena fina y blanca, en la que destaca la casa al final de una pequeña península.

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Durante algún tiempo fue la vivienda del cantante Leó Ferré, que según cuentan instaló una jaula en la parte trasera para su chimpance (el de la canción: «Tu avais des mains comme des raquettes, Pepée…»).

Os dejo el link, una canción preciosa, como la playa: https://www.youtube.com/watch?v=dbH4IM5qH8A

Cuando hay marea baja, se puede acceder a la casa sin problema, aunque no deja de ser curioso caminar por las playas bretonas, con mareas tan acusadas que si hundes los pies en la arena sientes las cosquillas del agua bajo las plantas, como hilos de mar por un cauce subterráneo.

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