Una ruta por la Emilia Romagna: Bolonia

Hay muchos adjetivos para contar Bolonia:

Bolonia, la roja; por el color de sus tejados y  por los ladrillos de las torres defensivas que aún quedan en pie.

Bolonia, la “gorda” (la grassa), por ser capital de  la salsa boloñesa, del queso parmesano y de la mortadela.

Pero, sobre todo, Bolonia, la porticada, por sus 40 kilómetros de galerías cubiertas, la ciudad con más soportales del mundo, en la que dicen que sus habitantes no necesitan paraguas porque pueden pasear bajo los pórticos mientras diluvia. La verdad es que lo de los porticos sorprende, pero a la vez hace que te desorientes con relativa facilidad porque caminando bajo los techos abovedados se pierden las referencias.

También Bolonia, “la eléctrica” porque aquí nació Guillermo Marconi, el inventor del telégrafo sin hilos, y tamibién Luigi Galvani,  padre del famoso experimento de la rana. De hecho, la plaza Galvani es uno de los lugares con más encanto de la ciudad.

Piazza Galavni

Muy cerca de esta plaza se encuentra el palacio del Archigimnasio, un impresionante edificio del siglo XVI que en su día se construyó para unificar  la docencia universitaria de los “Legistas” (derecho canónico y civil) y los “Artistas” (medicina, filosofía, matemáticas, ciencias físicas y naturales). En las paredes, tanto del patio como de los pasillos y muchas salas en el interior, la vista se entretiene con  la acumulación de escudos de las familias de los  estudiantes que hicieron donaciones a la Universidad.

Archigimmnasio

Podemos visitar, previo pago pero a un precio módico, algunas de sus salas más emblemáticas: el Teatro Anatómico, tapizado en madera, que se servía de  los cuerpos de indocumentados, presos o condenados por la Iglesia para realizar las lecciones abiertas y avanzar en el estudio de la anatomía; y el Aula Stabat Mater, en la que se estrenó la famosa opera de Rossini.

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Detalle de la sala del Anatómico

Aunque solo se permite la entrada a estudiantes, un hueco en la pared del aula Sabat Mater permite atisbar la biblioteca, como quien espia un tesoro.

Biblioteca del Archigimnasio
Biblioteca del Archigimnasio

Muy cerca del Archigimnsio se encuentra  la Piazza Maggiore, con la Basílica de San Petronio, construída en el 1390 con intención de “ganar” en dimensiones a la sede del Vaticano.  Por disputas de poder,  la obra se canceló y por eso hoy en día su fachada presenta dos tramos diferenciados, en mármol y ladrillo, que marcan ese “alto” en la construcción.  En San Petronio se coronó emperador Carlos V. Según cuentan los cronistas de la época, en la plaza mayor se construyó una pasarela elevada uniendo el Palazzo Pubblico, donde estaba alojado Carlos, con la iglesia de San Petronio, para que todo el mundo pudiese ver el paso de su cortejo.

El templo había sido transformado con un decorado que reproducía la basílica de San Pedro de Roma, ya que era políticamente imposible celebrar la coronación en la capital papal, con el recuerdo bien reciente del saqueo de Roma por las tropas  del emperador (il Sacco di Roma). Tras la coronación, emperador y Papa desfilaron a caballo hasta otra iglesia, la de Santo Domingo, que también redecorada para el evento pretendía ser la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma, donde el emperador fue investido como canónigo de San Juan. Todo un montaje, vamos.

Hoy en día, la iglesia de Santo Domingo, ajena a los trasiegos del pasado, descansa tranquila en la plazoleta de Santa Maria dei Servie.

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Justo antes de acceder a la plaza Maggiore nos toparemos con la Fontana del Nettuno, si uno tiene la suerte de verlo, claro, porque cuando visité Bolonia la fuente se encontraba en restauración. Cuentan que la estatua tuvo que ser modificada porque en su primera versión poseía unos atributos masculinos de un tamaño que la Iglesia consideró excesivo. El escultor Giambologna acató las órdenes, pero con una pequeña trampa: cerca de la entrada de la Salaborsa (la antigua bolsa reconvertida en biblioteca), hay una baldosa de una tonalidad distinta al resto.  Dicen en que si miras desde esta baldosa en dirección a la fuente de Neptuno, se descubre la treta que ideó el escultor que, por lo visto, no quería dar su brazo a torcer: el dedo pulgar de Neptuno emerge bajo su vientre dando la sensación de…. pues eso. Como no lo vi, no puedo opinar.

Aparte del dios Neptuno, en la Piazza Maggiore se concentran los palacios mas imponentes de la ciudad, el Palazzo dei Notai, el Palazzo d’Accursio, el Palazzo Renzo o del Podestà.

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Palazzo Renzo, con las sillas para el cine de verano.

Otra de las calles que merece la pensa recorrer es la Via Zamboni, la calle mítica de la revuelta estudiantil en la Italia de los años setenta, en la que se puede disfrutar de una de las tradiciones locales más arraigadas: el aperitivo (uno de los bares más populares es el Café Zamboni, Via Zamboni, 6, con su queso parmesano de tamaño XXL del que se sirve uno mismo). En Bolonia el aperitivo se toma un rato antes de la cena y sólo se paga por lo que se bebe, la comida corre a cuenta de la casa. Aunque si hablamos de comer, mi recomendación es el restaurante Arcimboldo, en Via Galliera, 34, con su postre de fresa y chocolate,  la lasagna con salsa bolognesa o el bacalao a la antigua y, para beber, vino blanco frizzante.

Via Zamboni acaba en las Torres Asinelli y Garisenda, las dos peligrosamente inclinadas.

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La torre Asinelli

Compensa subir los 498 escalones de la torre Asinelli para contemplar desde allí la mejor panorámica de la ciudad: un mar de tejados que acaba en el verde de las colinas. Cuenta la leyenda que si subes durante tu época de estudiante, nunca te graduarás, pero por el tema de los achaques tampoco conviene esperar a la jubilación, la verdad es que llegué exhausta. Aunque las vistas compensan:

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Dejando atrás las Dos Torres,  nos adentramos en el Cuadrilátero, el barrio delimitado por las calles Clavature, Artieri, Ranocchi y Drapperie. En el Quadrilatero se establecieron en la Edad Media representantes de todos los gremios: orfebres, carniceros, pescadores, peleteros, barberos, panaderos…

Llama la atención que en apenas dos manzanas las tiendas de Chanel, Gucci o Etro, en la galería Cavour, conviven con fruterías, pescaderías y tiendas de embutido y pasta fresca, como L’Antica Salsamenteria dei Fratelli Tamburini (Caprarie 1; 051 23 47 26), la chocolatería Roccati, de 1909, toda una institución en la Via Clavature (atención, cerrada en verano), y en Venchi, los mejores helados que he tomado en mi vida (hay que probar el azteca, de chocolate amargo, y el nocciola de avellana).

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De las torres sale también Via Santo Stefano, que termina en la plaza del mismo nombre, con pavimento de canto rodado y hierbaAntes de llegar a la plaza,  hay que detenerse en los palacios que se alinean a los dos lados de la calle. Por cierto, en la foto se aprecia el sistema de iluminación del centro de Bolonia, muy sencillo y con un toque “vintage”.

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En uno de estos palacios, cuenta la leyenda que  vivía una de las familias más poderosas de la ciudad, pero no muy bien avenida. El padre mandó esculpir la cara de todos los miembros de la familia en la fachada del palacete y el escultor encargado de cincelar los rostros colocó entre unos y otros, como si fuera un miembro más de la familia, la imagen del diablo. Aquí la teneis, a mi me parece que tiene un aire de fauno…

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Cuando  llegamos a la iglesia de San Stefano, al fondo de la plaza,  uno no se imagina que dentro va a descubrir una serie de iglesias, criptas y claustros conectados, como si fuera una muñeca rusa: la iglesia del Crucifijo, la cripta del abad Martino, la basilica del Santo Sepulcro (réplica del Santo Sepulcro de Jerusalen), la basilica de los Santos San Vital y Agrícola, la iglesia del Martirio y la iglesia de la Benda, junto al claustro, que ahora hace las veces de museo y tienda.

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En el interior de San Stefano, los muros con  figuras geométricas del patio de Pilato recuerdan a la arquitectura mudejar.

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Y así, igual que se atrviesan los recovecos de sepulcros y criptas de San Stefano, se avanza por las callejuelas de Bolonia, con patios renacentitstas reconvertidos en garages y porterías con los timbres de latón bruñido. Con buenos (y económicos) locales de pasta fresca en los que el café se sirve en cafeteras individuales.

Además, si el viajero agota las jornadas, puede disfrutar de las iglesias abiertas a medianoche como la de San Pedro Metropolitano, en el Corso Independeza, con música de órgano y el cura atendiendo en la puerta como quien recibe en casa; o del cine de verano en la Piazza Maggiore (Cinema soto le stelle), mientras suena la música de Amacord y el público se mira con sorisa cómplice.

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