La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo

Si visitas Estocolmo y el tiempo acompaña, no te puedes perder un recorrido por el archipiélago. Es un día completo, pero vale la pena porque te permite conocer cómo veranean los suecos, tanto los afortunados que disponen de sus propias casas junto al mar, como los que aprovechan un día “de playa” para tomar el sol y el aire en las islas.

Nada más salir de la ciudad, ya se disfrutan de vistas como éstas, con las fachadas del paseo de Strandvägen alineadas como en un diseño de Lego.

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Hay dos compañías que hacen el recorrido: Waxholmsbolaget, con barcos que salen del Strömkaje, cerca del Grand Hotel (donde se alojan los premios Nobel), y Cinderella Boats, con barcos un poco más modernos, que zarpan de Nybroviken, enfrente del hotel Diplomat.

En verano hay salidas a todas las horas, desde las 9:00, y el trayecto de ida y vuelta sale por algo más de 180SEK (15 euros) por persona, con precios reducidos para los menores de 18 años.  El billete se compra dentro del barco: todo está prefectamente organizado, el cobrador pasea tranquilamente por la cubierta, todo el mundo paga religiosamente e incluso se puede utilizar tarjeta de crédito.

Los barcos funcionan como autobuses, con paradas en muchas de las islas del archipiélago. Algunas son más conocidas y, además, al existir puentes que las conectan con tierra, reciben muchos más visitantes en verano, como ocurre con Vaxholm. Otras, como Sandhamn, se encuentran un poco alejadas y según cuenta en la guía, tienen ambiente (y precios) más “pijos”.

Así que nos decidimos por Grinda, la llamada “isla serena”.

Perdemos de vista Estocolmo y nos empezamos a encontrar con islas e islotes, de vegetación muy densa y casas de colores con su embarcadero “a juego”, que salpican el paisaje durante la hora y media que dura el viaje.

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Nosotros paramos en el embarcadero del sur de la isla (Sodra Grinda), junto al que se encuentra el puerto de recreo y, un poco más arriba, la elegante villa que fue residencia de verano del juez Santesson y que ahora acoge un  hotel de 30 habitaciones con restaurante ganador de varios premios.

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Nada más desembarcar, nos recibe esta playa de hierba y arena.

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Grinda se puede recorrer en un hora, tiene caminos perfectamente señalizados, entre los que recomiendo el sendero Grindastigen, que recorre el bosque del interior  de la isla.

Este es el mapa de Grinda, con el Grindastingen marcado con el número 9.

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Y estas son algunas imágenes del recorrido por el Grindastingen, en el que pequeños carteles avisan de los lugares en los que conviene desviarse, sentarse sobre una piedra caldeada por el sol, y contemplar el mar y los veleros.

De todas formas, cuesta retomar el camino, sabiendo que, muy probablemente, no vas a volver a un lugar como éste (melancolía anticipada).

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Para comer,  se puede optar  por la cafetería junto al puerto, o por un pic-nic en la hierba, que seguro atraerá alguna que otra abeja, pero los lugareños no les hacen caso, y nosotros tratamos de imitarles.

Más allá de los insectos (mejor comprar el repelente en Suecia, especial para los mosquitos autóctonos), los únicos animales que habitan Grinda están cercados y pertenecen a la granja local, que ofrece recorridos a caballo para los niños, y algunos corrales con conejos de pelo reluciente.

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Si no hemos sido previsores, hay una pequeña tienda que vende pan,  fruta, fiambre, exquisitos bollos de canela y helados (a precios nórdicos, pero ajustados). Lo indispensable para una una comida placentera en las mesas de madera diseminadas por el prado, mientras los niños, rubísismos, despeinados y felices, corretan descalzos y enseñan a sus padres cómo hacen el pino.

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Puerto de recreo

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De regreso a Estocolmo, después de ver atardecer en Grinda, podemos bajar hasta Gramla Stan y tomarnos una hamburguesa de alce en Adberg Embassy (Västerlånggatan 68), un establecimiento especializado en whisky, también para los postres… O mejor todavía, acudir al pequeño Smörgästärteriet (impronunciable, nada menos que 3 diéresis!), aunque esté un poco alejado del centro. Apenas cuatro mesas,  palomitas y  mantequilla casera de aperitivo -con su cuchillo de madera y la tradicional  servilleta a cuadros para el pan-, y unas hortalizas  en miniatura que huelen a tierra húmeda.

Y de postre, cómo no, fresas.

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