Oeste de Irlanda: primera parte

Este viaje comienza en el sudoeste de Irlanda, con aterrizaje en Cork, y acaba un poco más arriba, en la península de Dingle, con Kerry como aeropuerto de regreso.

Ha sido un viaje de paisajes, que hicimos en siete días, pero yo recomendaría poder disponer de alguno más, ya que las carreteras irlandesas, en esta zona al menos, no son demasiado buenas. Las N (nacionales) apenas tienen tramos de doble sentido, y además hay que tener en cuenta a los numerosos y enormes tractores que se incorporan por la izquierda… Las regionales (R) y locales (L) permiten atajar en alguna ocasión, y luego están los “caminos asfaltados”, en los que a modo de mediana crece una hilera de hierba. Con todo, son estas pequeñas carreteras, por las que sentía una especial querencia nuestro navegador, las que nos permitieron contemplar las mejores vistas.

Otra recomendación es prescindir de la ciudad de Cork,  y hospedarse en un B&B en el campo. Los hay de auténtico lujo, como Kilmahon, con el aroma a canela de la esponjosa resposteria casera  y la copa de oporto en el “drawing room” al regresar por la noche.

Casa3

Y es que otro de los agradables descubrimientos del viaje ha sido la cocina irlandesa. Si además no tienes inconveniente en optar por lo que llaman el “early menu”, normalmente servido de  las 6 a las 7 de la tarde, puedes comer a precios bastantes ajustados en sitios recomendados por la guía Michelín, como Sage, en Middleton. Eso sí, mejor conformarse con la tap water porque los precios del vino, y también de las cervezas, son mucho más elevados que en España. Como curiosidad, bastantes restaurantes hacen gala de los proveedores locales que les sirven, con fotos incluidas, e incluso detallan en el menú las hortalizas que proceden de su propio huerto orgánico.

Para la primera parte del viaje, centrada en los alrededores de Cork,  hay algunas visitas imprescindibles. En primer lugar, el Blarney Castle, que más que por el castillo en sí sorprende por los jardines (de plantas venenosas, de helechos gigantes), por el recorrido junto al lago, con nenúfares en las orillas,  y por la señorial Blarney House, aunque esta visita no está incluida en el precio de la entrada.

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Blarney flores 2

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Como los jardines son muy extensos no hay ninguna sensación de aglomeración, salvo que desees besar la piedra de Blarney, que según la leyenda garantiza el don de la elocuencia. Más que por besar la piedra en sí, echado de espaldas en el vacio (abstenerse personas con vértigo o muy corpulentas), vale la pena por las vistas que se disfrutan desde lo alto de la torre.

Blarney vistas

Como curiosidad, los troncos de los árboles, antes de acceder al castillo, estaban enfundados en “bufandas” de  ganchillo, muy vistosas, al igual que una de las ventanas del castillo.

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Junto al parking de Blarney House, en Woolen Mills, se encuentra la que dicen es la mayor tienda de productos irlandeses: mantas, prendas de abrigo, gabardinas, alfombras de piel de oveja… Hay una sección de “souvernirs” (todo con tréboles), pero también muchas prendas de calidad.

Otra de las visitas que más disfrutamos, aún sin ir con niños pequeños, es el recorrido por Fota Garden. Se trata de toda una isla, antes de llegar a la ciudad de Cobh, con jirafas, rinocerontes, guepardos, canguros, pelícanos y pingüinos, por citar solo a algunos, en extensas parcelas de hierba que exigen al menos un par de horas para recorrerlas. Pese a mi escepticismo inicial, pensado que se trataría de un “zoo” disfrazado, he de confesar que disfruté mucho de la jornada. Todo está muy limpio y bien señalizado y aunque no nos quedamos por la tarde, vi que había talleres para los niños, con la posibilidad de alimentar a algunos de los animales.

Dejo aquí algunas de las fotos:

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A pocos kilómetros de Fota Gardens se encuentra Cobh, con sus casas de colores escalonadas  y su templete en el muelle.

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De Cobh zarparon los barcos que en el siglo XIX se dirigían a la guerra de Crimea o a la  de los Boers. También fue para muchos de los viajeros del Titanic su último punto de contacto con la tierra (tres días antes de su hundimiento). Sin olvidar a los convictos, que eran trasladados a las colonias penales australianas. Pero sobre todo, en Cobh se embarcaron millones de irlandeses en busca de una vida mejor en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra o Australia. En la vieja estación de ferrocarril del antiguo puerto hay una exposición dedicada a todas estas personas (The Queenstown Story), y justo a la salida, la misma escultura de bronce que mira desde el otro lado del océano en Ellis Island.

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Por último, no hay que perderse una visita al pueblo de Kinsale, a media hora aproximadamente de Cork.

Kinsale está particularmente ligado a la historia de España, ya que en 1601 desembarcaron allí  4.000 soldados españoles al mando de D. Juan de Águila, para apoyar la revuelta de los nobles irlandeses frente a la reina Isabel de Inglaterra. A su vez, los nobles irlandeses entregaron dos castillos a los españoles y organizaron un ejército de 5.500 hombres. Sin embargo, la falta de coordinación entre ambas fuerzas causó la derrota de los rebeldes frente a los ingleses.

Otro de los acontecimientos históricos por los que ha de recordarse a Kinsale es el hundimiento frente a su costa del  Lusitania, un buque británico que fue torpedeado por un submarino alemán en mayo de 1915, en la I Guerra Mundial.

Antes de entrar en Kinsale, un desvio a la izquierda conduce a Fort Charles, un fuerte militar del siglo XVII con forma de estrella, en uso hasta 1922, que ofrece vistas como esta.

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Y ya en el pueblo, es un placer recorrer el muelle o las calles con casas de colores que arrancan de Market Place. Para merendar en Kinsale recomiendo Poet’s Corner (44 Main Street), con exquistas tartas de moka y de zanahoria que elaboran las mejores pastelerías locales (con los sugerentes nombres Diva Boutique Bakery y Baking Emporium). Para cenar, muy buen pescado en Fishy Fishy o, si el tiempo acompaña, fish and chips para llevar en Dino’s.

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Estas serían mis recomendaciones principales para la zona, pero también, gracias a Mary y Jeremy, nuestros anfitriones en Shanagarry, pudimos conocer caminos sobre los acantilados de Ballycotton y de Ardmore, que se recorren sin ninguna dificultad. Algunos, como el de Ardmore, son circulares, sin apenas gente, con el oceáno tus pies e incluso con la posibilidad de avistar defines o ballenas (nosotros vimos más de cinco delfines). Nos contaron que este mismo verano un delfín quedó varado en la playa de Shanagrary y el guardacostas logró salvarlo arrastrándole de nuevo hacia el mar. A la mañana siguiente, más de quince defines se acercaron a la costa trazando círculos, como en una ceremonia de agradecimiento.

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Inicio del sendero circular de Ardmore, con pequeñas tiendas de artesanía
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Sendero de Ardmore
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Faro de Ballycotton

 

 

 

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